
X descorrió las cortinas. Desde que decidió llevar en la pared la cuenta de los días en que dormía solo en lugar de los días en que no lo hacía (le parecía de mal gusto levantarse a hacer una marca con el cuerpo aún presente) el cuarto se había ido oscureciendo sin remedio. El día había amanecido primaveral, con un sol incapaz de amenazar de muerte, familiar y abrazador. Varios rayos iluminaron las paredes negras y los cadáveres de rotulador. Encendió la tele para tener algo que oír mientras se duchaba. Las noticias no le sorprendieron con un nuevo repunte de la natalidad. Bendito amor ajeno que me pagará la pensión si llego a viejo, pensó entre gel, champú y efluvios de purificación.
Al salir de la ducha, aún empapado, X se sentó en el suelo del baño. Estaba mareado. No es el número de horas que me han paseado sólo, se dijo. No es la cantidad. Es el peso. ¿Pesan? Pesa el hueco de lo que podía haber pasado. El tiempo que no ha gastado se le endurecía en los hombros como una costra de piedra fría. Eso pesa. Las horas que no se fueron por el desagüe de la ducha descosidas por el roce de los abrazos. Los minutos que no acabaron bajo la cama, con el polvo y las células muertas. Los días que no acabaron destrozados por los besos, las broncas, las lágrimas y los polvos de reconciliación. Esos días que no se consumieron. Todas las horas que no erosionó la vida están ahí. Fuera de lugar. Acumulándose. Sin espacio. Y X las nota. Otros días también. Hoy, con el sol tímido y las noticias de la mañana, un poco más. Las nota sobre los hombros, tan molestas como cercanas. Ahí por el resto de su vida.
Hoy, con el sol tímido y las noticias de la mañana, quizá haga falta una nueva marca en la pared. De propina. X vuelve a correr las cortinas.
Al salir de la ducha, aún empapado, X se sentó en el suelo del baño. Estaba mareado. No es el número de horas que me han paseado sólo, se dijo. No es la cantidad. Es el peso. ¿Pesan? Pesa el hueco de lo que podía haber pasado. El tiempo que no ha gastado se le endurecía en los hombros como una costra de piedra fría. Eso pesa. Las horas que no se fueron por el desagüe de la ducha descosidas por el roce de los abrazos. Los minutos que no acabaron bajo la cama, con el polvo y las células muertas. Los días que no acabaron destrozados por los besos, las broncas, las lágrimas y los polvos de reconciliación. Esos días que no se consumieron. Todas las horas que no erosionó la vida están ahí. Fuera de lugar. Acumulándose. Sin espacio. Y X las nota. Otros días también. Hoy, con el sol tímido y las noticias de la mañana, un poco más. Las nota sobre los hombros, tan molestas como cercanas. Ahí por el resto de su vida.
Hoy, con el sol tímido y las noticias de la mañana, quizá haga falta una nueva marca en la pared. De propina. X vuelve a correr las cortinas.


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