
El cabreo estuvo bien mientras duró, en plan dos dedos corazones levantados al unísono, fuckyou en estéreo. ¿Pero cuánto duró? ¿Y cuándo fue eso? El porqué sí lo recuerdo y no termina de convencerme. Pero se estaba bien con esa pelota de orgullo ocupando el suficiente espacio en el pecho como para mandar la pena y la autocompasión a tomar por culo a alguna esquina del bazo u otro órgano aparentemente inútil. Afortunada o desgraciadamente el orgullo (puede que sólo en mi caso) está fabricado con el mismo material que los pedos: patente pero lábil.
Ahora estoy de nuevo comprando periódicos de ayer. La única diferencia es que estos días los guardo sin siquiera abrirlos (mentira, a veces no puedo resistir la tentación de ojearlos) y a veces me compro una revista (algunas son de cardiología, otras tienen más fundamento) y la leo detenidamente, parándome en los detalles, paladeando las frases insulsas y acariciando el brillo del papel (son revistas caras). La pila de periódicos, sin embargo, sigue ahí, creciendo desordenada, como una pila de proyectos por hacer que nunca se llevarán a cabo, que es mejor no empezar pero que mantienen intacta la culpa que provoca el escaqueo. Algunos días no puedo evitar mirar la pila de papel amarilleante e intentar adivinar en los pliegues una foto premiable o un artículo jugoso, quizá el anuncio de que me conceden el Nobel (sí, hay días en que mejor no debería salir de la cama). Tiro del periódico y la pila se mueve, amenaza caerse con estrépito y me arrepiento. No quiero tener que recoger de nuevo millones de papeles del suelo de mi habitación. Sería estúpido repetir ese enorme esfuerzo. Sería estúpido deshacer tremenda columna romana de celulosa. Es estúpida la tremenda columna. Pero no sé dónde está el contenedor más cercano de papel y cartón. Tampoco sé si aceptaría periódicos caducados. Lo que sí sé es que esperaría pacientemente otro día para volver a comprar el periódico de ayer.
Ahora estoy de nuevo comprando periódicos de ayer. La única diferencia es que estos días los guardo sin siquiera abrirlos (mentira, a veces no puedo resistir la tentación de ojearlos) y a veces me compro una revista (algunas son de cardiología, otras tienen más fundamento) y la leo detenidamente, parándome en los detalles, paladeando las frases insulsas y acariciando el brillo del papel (son revistas caras). La pila de periódicos, sin embargo, sigue ahí, creciendo desordenada, como una pila de proyectos por hacer que nunca se llevarán a cabo, que es mejor no empezar pero que mantienen intacta la culpa que provoca el escaqueo. Algunos días no puedo evitar mirar la pila de papel amarilleante e intentar adivinar en los pliegues una foto premiable o un artículo jugoso, quizá el anuncio de que me conceden el Nobel (sí, hay días en que mejor no debería salir de la cama). Tiro del periódico y la pila se mueve, amenaza caerse con estrépito y me arrepiento. No quiero tener que recoger de nuevo millones de papeles del suelo de mi habitación. Sería estúpido repetir ese enorme esfuerzo. Sería estúpido deshacer tremenda columna romana de celulosa. Es estúpida la tremenda columna. Pero no sé dónde está el contenedor más cercano de papel y cartón. Tampoco sé si aceptaría periódicos caducados. Lo que sí sé es que esperaría pacientemente otro día para volver a comprar el periódico de ayer.


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