30.5.09

Peatón


Bajando por la Diagonal, a la altura de Numancia hay, por ejemplo, un paso de peatones. Uno en el que siempre hay que esperar para cruzar. Siempre. Uno en el que parece que alguien vigila y sólo cuando hay mucha gente acumulada, mirando su reloj, el tráfico, el cielo, las bolsas de la persona de su lado, sólo en ese momento le dice al señor verde que adelante, que puede encenderse y hacer como que camina.

Yo estoy de nuevo ahí, avanzando lentamente, esquivando las prisas estúpidas y también las serias de siempre. Hasta que me paro. Me paro porque se paran todos ellos, los demás. Me paro porque, supongo que como ellos, ya no quiero pasar al otro lado. Tampoco volver a donde estaba. Me paro porque en ese momento no existe otra cosa inteligente que hacer. Me paro, nos paramos, incluso cuando el vigilante le susurra al señor verde que ya es hora de apagarse, que le toca el turno al señor de rojo, el de postura militar. Y cuando los coches, los señores que están dentro de los coches, se empiezan a impacientar y gritan y hacen sonar sus bocinas y sacan sus dedos e incluso sus cuerpos por la ventanilla, cuando eso ocurre, seguimos quietos en medio del paso de peatones. Hola, le digo a la chica de mi izquierda. Hola, me contesta. Alguien sale de uno de los coches y entre gritos nos arroja algo. Una pelota de tenis. Ni nos roza y continúa bajando por la calle, aprovechando la pendiente. Quizá continúe rodando cuesta abajo y llegue al mar y una vez en el mar aproveche las corrientes y llegue a algún remoto lugar (remoto para una pelota de tenis, pero seguramente provisto de un moderno puerto que lo comunica con el resto del mundo conocido), o quizá simplemente llegue a otro paso de peatones donde una de las personas allí parada aparque su inmovilidad para agacharse a recogerla y guardarla en su mochila y volverse a la chica de su izquierda y decirle Hola. O no. Puede que el conductor anónimo en el último momento opine que no merece la pena tirar una pelota de tenis a una multitud inmóvil, o que esa pelota es de su hijo, que se va a poner muy triste si no puede volver a jugar con ella, o simplemente cierre la puerta del coche y lo deje allí abandonado mientras comienza a caminar calle arriba, en dirección contraria a la pelota que nunca tiró.

Pero volvamos al paso de peatones. La chica de mi izquierda, la que me dijo Hola, quiere saber cómo me llamo. Yo se lo digo y, aunque no entiendo por qué es eso ahora importante cuando nunca lo ha sido, le pregunto su nombre también. Es un nombre bonito. Un nombre de persona que decide pararse en medio de un paso de peatones en una calle con mucho tráfico en una ciudad importante y preguntarle a la persona de su derecha el nombre, de dedicarle una sonrisa. O simplemente es bonito porque sí.

Los bocinazos arrecian. En cambio hay más gente que se aleja calle arriba tras el hombre que no tiró la pelota que rueda calle abajo. Hay más coches abandonados y menos gente que grita. Hay el mismo número de personas paradas en el medio del paso de peatones. El resto de la ciudad puede estar respirando con absoluta normalidad, o experimentar una calma extraña, o mil celebraciones varias, o paralizada en un paso de peatones con coches en proceso de ser abandonados. Yo no lo sé. La chica de nombre bonito de mi izquierda no parece saberlo tampoco. O sí, ¿qué sé yo de esta chica de mi lado? Sólo sé que ahora, hoy, en este instante, es exactamente igual que yo, aunque con un nombre más bonito. En su cara puedo adivinar tanto certezas como dudas, o lo que yo siempre he entendido como las certezas y las dudas en las caras ajenas. Ella también me está mirando. Como se miran a su izquierda y a mi derecha. Como se miran los exconductores que van calle arriba en busca de una pelota de tenis.

Ya no se oyen gritos ni bocinas y seguimos parados en el paso de peatones. Por un momento intento tomar de la mano a la chica de mi izquierda, pero no lo hago. Algo ha pasado y tengo la impresión de que lo único importante es que no existe un porqué.

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