
Es lo que me pasa cuando no bebo. Que me pongo a pensar. Y mi cabeza es como esos loros amaestrados. Sí, parecen inteligentes, pero lo único que hacen es repetir una y otra vez unos trucos llamativos e inútiles que les enseñaron hace demasiado tiempo. Unos días junto los colores y otro las formas. Por la mañana toco el timbre tantas veces como indique la pizarra, por la tarde conduzco una bicicleta con el pico. Y al día siguiente, que empiece de nuevo el espectáculo. ¿Diferencias? Pues sí, las hay. Ni pipas ni aplausos. Tampoco puedo volar y cagarme desde el aire en todos los que se dejan impresionar por las plumas de colores. Y poco más. Vueltas y más vueltas solo que sin público. Reflexiones circulares, eternos retornos a los meollos de la actividad absurda, del pensar por pensar para luego volver a pensar. Los últimos trucos no me gustan, me los enseño una mujer que no quería realmente enseñarme nada, y creo que quedarse a medias no le ha hecho nada bueno al espectáculo. Pero yo sólo soy un lorito de cabeza gorda y cerebro frito. Con las alas cortas y un amor irreprimible por las tablas del escenario.


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